apártame.
cierra los ojos
y estarás en Montauk.
En la playa fría
junto a una loca,
una desequilibrada
que huele a bosque
y se cree estrella.
En Montauk
no te pasará nada malo
y los pasos recobrados
se irán yendo hacia atrás
hacia arriba,
en espirales.
Cuando pises Montauk
no olvides de limpiarte los zapatos
porque el barro real
puede ensuciar la casita.
Cuando estés en Montauk
no
te
olvides
de
Clementine.
Abrázala.
Y bésala hasta que te quiten el aparato y sea sólo un sueño.
Para una materia de la universidad, me tocó leer un librito polvoroso llamado “Estudios sobre el amor” de José Ortega y Gasset. Una vez, hacía mucho tiempo, había intentado leerlo por curiosidad romanticona de mis dieciséis años, pero no pude con él. Esta vez, lo retomé y me encontré con varias reflexiones curiosas. Primero, estudiar el amor no es nada fácil, primeramente porque rara vez se va a tener una visión objetiva de éste (quien haya pasado por las garras del amor, saben de lo que estoy hablando). Segundo, ¿qué es exactamente el amor? ¿Cómo sabemos que el amor es amor? Para responder estas preguntas, me fui a la opción obvia: No, no Wikipedia (por esta vez), sino al Diccionario de la Real Academia Española, protowikipedia española. Me encontré con más de veinte definiciones distintas del amor, de las cuales me limitaré a las primeras tres:
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
Antes de entrar en definiciones o de responder preguntas, volveré al libro polvoroso que mencioné antes, donde hay un capitulo en el que se analiza otro libro olvidado, “Del amor” del escritor francés Stendhal. Este último clasifica al amor en varios tipos: el amor-placer, el amor-físico, el amor-vanidad y el amor-pasión. El primero, es un amor rosa, sin conflictos, donde el galanteo es el arma principal y no hay un verdadero enamoramiento. Robándome una cita de un artículo, “Es ese amor que busca revelar y confirmar el buen gusto, las maneras del enamorado, pero sin enamoramiento verdadero; es un actuar permanente para avasallar con todas las formas de la distinción y la delicadeza” (vean http://www.fundacionfilosofarte.com/documentos/Sin%20final%20feliz.doc) ¿Cuántas veces no han visto pareja donde se ve que hay gesto tras otro, regalo tras otro, pero realmente es una relación evasiva de conflictos? “Yo no tengo nada que ver ahí” “Le regalo flores y la mantengo contenta” “Con un polvo la contento”. El otro amor, el amor-físico, tiene el nombre bastante implícito. Un ejemplo, para aclarar toda duda, es cuando tienes al chamín de catorce años, de hormonas a cuarenta mil por hora y con la accesibilidad a féminas de -40.000 que se enamora de cuanta niña linda pase frente a sí; o, llevándolo al plano más burdo, el impelable mecánico que le grita a la chica “Mamiiita, uuuuuuy, qué belleza, ¡quién fuera ______ para ______! (en los espacios en blanco inserte las asociaciones más asquerosas que pueda pensar. ¿Listo? Yo pensé en “quién fuera pesca’o pa’ nadar en esa piscina”). El amor-vanidad es un amor de trofeo. ¿Cómo así? Pues simple: Pensemos en el Homo erectus imbecilus que pasea por el centro comercial con la cuchi-barbie de turno, de moda. La chica se exhibe y canta “El amor es una magia” para entretener a su simio de turno (porque, ojo, las cuchibarbies siempre variarán de simios y éstos, SIEMPRE, serán muy feos).
El amor-pasión es el centro de la definición de Stendhal, es ese amor sufrido, frenético, loco, exhaustivo, caótico, hermoso, fatídico, feo, irracional, estrellado, espiralado, doloroso, orgulloso, imposible, apacible, relajado, estresado, odiado, inconcluso, la totalidad, el vacío, la llenura, la plenitud, el universo, la muerte. De nuevo, robándome otra cita de Hernán Bueno Castañeda, “Los mejores momentos del amor son sus momentos inaugurales. Tendemos a creer que es en los desenlaces del amor donde radica su ventura; que es justamente cuando damos por realizada la unión tantas veces anhelada, cuando se desborda en alegría y júbilo nuestro espíritu; pero para Stendhal es justamente todo lo contrario, es decir que es en las vacilaciones y dudas de la génesis del amor, donde realmente habita su gozo supremo. El hombre y la mujer buscan durante los primeros momentos de su mutuo descubriendo, encontrar cosas diferentes en el otro; comenta Stendhal: “El hombre dice: ¿Lograré gustarle? ¿Querrá amarme? La mujer: ¿No será por juego por lo que dice que me ama?”. La certeza que quiere el hombre es saber si efectivamente la mujer le ama; la certeza que busca la mujer, es la de asegurarse que el hombre no dejará de amarla. El tono dado aquí no es puro capricho, y sus implicaciones son significativas“ (miren este artículo, en serio http://www.fundacionfilosofarte.com/documentos/Sin%20final%20feliz.doc).
(Esta canción es una sonorización del amor-pasión)
Por ejemplo, las grandes historias de amor son ejemplos de amor-pasión: El típico Romeo y Julieta (¡oh, precocidad y falta de cable e internet!), Frida Kahlo y Diego Rivera, Beto y Enrique de Plaza Sésamo, entre otros.
(Amor no consumado e imposible)
Los amores trascendentales son plantas. Son arbolitos. Curiosamente, otra de las definiciones de amor es de un árbol criado en Cuba y crecido en Europa (suena a historia de inmigrante). Aunque se tale, estará allí, el muñón con sus anillos. Ortega y Gasset dice: “Un amor pleno que haya nacido en la raíz de la persona, no puede verosímilmente morir. Va inserto por siempre en el alma sensible. Las circunstancias –por ejemplo, la lejanía- podrán impedir su necesaria nutrición, y entonces ese amor perderá volumen, se convertirá en un hilillo sentimental, breve vena de emoción que seguirá manando en el subsuelo de la conciencia”. Hay hilillos de metal duro que luego recrecen. Hay otros que, como el hambre en Africa, se rehusan a morir. Y mientras no muere el amor, nosotros seguimos allí, aguantando, viendo como el pasar del tiempo no borra las huellas del camino y crece el retoño en el muñón, crece una planta, quizás, o queda la historia de los anillos. ¿Qué es el amor? Algo gozoso y doloroso. Punto. Corazoncito de melón.
-¡Quédate!- Le decía el de la gabardina roja, mientras éste bailaba en el fuego. –¡Quédate y bailamos todos!- Ella veía las hojas de otoño caer del árbol, sentía como le aplastaban mientras ella buscaba un respiro. Miró al de la gabardina a los ojos, directamente a los ojos, y le lanzó una de esas miradas que se clavan en la pared más profunda del alma. –Me olvidarás- le dijo. –Me olvidarás y yo jamás habré estado aquí. Me olvidarás porque tienes memoria de pájaro- El calor consumía los alrededores del árbol, la cosa es que nadie se había dado cuenta de que éste se estaba incendiando. Las hojitas, cada una de ellas, tenían chispas que se convertían en flama, que se convertían en llamas gigantes. -¡Bailemos todos!- le decía el de la gabardina roja mientras bailaba con una figura de fuego plácida y pequeña, ponzoñosa. Ella empezó a correr del fuego, pero sus faldas azules se quemaban, las ramas le roían las vestimentas. Alejada, por un segundo, miró hacia atrás, hacia la zarza amarillenta que consumía el árbol y lo llevaba a la tierra. –Adiós- dijo –Adiós a las armas, adiós a la tierra, adiós a los discípulos y adiós a los animales-. El horizonte se veía planísimo. El ardor de las múltiples quemadas eran rugires de sombra –Adiós al bonsái, adiós a los gatos, adiós gabardina, quédate con tu llama, que yo no soy más que cenizas-. Así fue como ella caminó hacia la tierra de ninguna parte, hacia ningún lado.
Cuando sus pies se deshacían entre las transparencias y el peso del viento, ella sintió un jalón repentino, un conjunto de triangulitos blancos que le halaban las vestimentas desde la espalda. El vacío la llamaba hacia abajo, pero luego sintió una mano. Ese montón de palitos envueltos en carne tibia. Miró hacia arriba y no vio nada, sino algunos halos de luz que se escapaban de una silueta azulada. –¿Es de día?- preguntó ella. –No, es de noche, aquí siempre es de noche-. Sentía por momentos que sus dedos se deslizaban de nuevo a la nada, pero la figura azulada tenía la fuerza de un millón de crisantemos (¿Acaso nunca han probado la fortaleza de las flores?). Entre las sombras, distinguió un par de rayitas negras de donde salían puntitos brillantes. La figura subió a la mujer, la envolvió entre sus destellos que se confundían con el fondo nocturno y la luna saludó de reojo, cantando una nueva canción de cuna.
Persona que se la pasa observándolo todo, lo dibuja, lo escribe y se pasa la vida leyéndose a sí misma en varios libros. Estudiante de Letras y mata tigres a medio tiempo.