sábado, 2 de abril de 2011

La ventana abierta: Sobre literatura rusa y otras cosas.


Cuando pensé en escribir estos esbozos de líneas, lo primero que se me vino a la mente fue una ventana. Las ventanas son como pequeñas pinturas enmarcadas, que cambian con el humor del día. Una ventana abierta es el mundo, es el sol, son los trazos que dibuja la vida. ¿Por qué una ventana abierta? La literatura rusa es precisamente eso, una ventana abierta. Verá, al ser esta el último texto que escribo en mis años universitarios y que sea justamente de literatura rusa me puso a pensar en todas las posibilidades del mundo. Sí, de allá, de afuera. Los rusos, en su momento, también pensaban en París, pensaban en la Europa no septentrional, donde la estepa era más amable, el clima más agradable, el pasto más verde. De una vez, he de confesar aquí que he de descansar de los análisis cesudos. De ahora en adelante hablaré a partir de mi sola experiencia lectora, sin citas bibliográficas, sin terceros interrumpiéndome esta conversa literaria. Porque las citas muchas veces son eso: Un coitus interruptus de ideas. Una tocada de puerta mientras se le hace el amor a un libro. ¿Vale? Prosigamos.
Mi primer contacto real con la literatura rusa fue con Ana Karenina, en una edición empolvada y, presumo, de los años 60. Me la encontré en la biblioteca del colegio, a donde usualmente me escapaba y, otras veces, en un acto de justicia bibliófila, me robaba libros –sabiendo que éstos sólo iban a agarrar polvo estando en esos estantes-. Recuerdo abrir la primera página, allí estaba, Lev Tolstoi susurrándome al oído cuando debía estar viendo clases de Matemática. Seduciéndome con Ana y sus escapismos, su vida cotidiana. Una vez tomé el libro me quedé prendada por dos horas, falté a clases y al regreso a casa, le rogué a mi padre que me trajera a Ana, para seguir metiéndome en su vida privada, para sentirme rusa y hablar francés como la clase alta de San Petersburgo.
Otro de mis grandes amores rusos fue el poeta Sergéi Esenin, cuya historia de suicidio y el último poema que escribió aún los conservo grabados en mi memoria, tanto así, que es el único poema que me sé:
Hasta luego querida, hasta luego.
Dulce mía, te llevo en el pecho.
Esta despedida inaplazable
nos promete un encuentro en el futuro.
Hasta luego, querida, sin manos, sin palabras,
no te aflijas, no entristezcas las cejas.
En esta vida no es nuevo morir
pero vivir tampoco es más nuevo.
Este poema, cuenta la leyenda urbana, fue escrito con la propia sangre de Esenin antes de colgarse. Quitándole el morbo suicida, los poemas de Esenin, el último poeta del campo, son piezas delicadas como bailarinas hechas de cristal. Cada palabra se quedó en mí como una joya incrustada.
Posteriormente, ya estando más grande, recién entrada a la universidad, me encontré con Chéjov. Me lo presentaron en forma de cuentos breves, de manera muy Sherezadosa, a cuenta gotas primero, ya luego si fueron más grandes los sorbos. Eran goterones deliciosos llenos de ironía, picardía y un cierto dejo de patetismo que reflejaban una realidad no muy lejana a la nuestra; la estepa no estaba tan distante del llano. Empecé a leer a Chéjov en todos lados, en todo momento y cada vez que leía a Chéjov no era necesariamente leerlo a él. Sí, lo leía a él en otros escritores, en otros cuentos, en otros personajes. Lo leí en José Ignacio Cabrujas, lo leí en Carver y sus rosas amarillas, lo leí en Murakami, lo leí en Ribeyro, lo leí en Marías, lo leí en Nabokov, en Capote, en Bolaño, en Woolf, en Peri Rossi. Lo leía en todos lados: sus comas, sus puntos, sus situaciones. Podría no estar en Yalta, sino en Lima y se sentía como el verano Crimeo.
Este año tuve la oportunidad de asistir a un breve seminario sobre Chéjov, en la Universidad Nacional de Colombia. Lo dictaba una profesora rusa de la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos. Olga, se llamaba. Tenía el nombre más ruso que podían darle a alguien. Hablaba el español con un acento dulce que parecía que fuese francesa con un ligero acento, así, con ese cantar de pájaros, habló sobre Chéjov. Sobre Chéjov en Yalta, sobre la Dama del perrito, sobre cómo en La muerte de un funcionario se perdía todo el matiz cómico del cuento por una simple mala traducción del nombre Tcherviakof, el cual, aparentemente en ruso, significa “Gusano”. Una vez mencionó eso, me puse a pensar en el problema de la traducción: ¿Será que Chéjov, Gogol o Turguéniev han perdido parte de su sentido por malas o incompletas traducciones? Por ejemplo, tomando el mismo cuento La muerte de un funcionario, las últimas líneas del relato dicen así: “Entrando, pasó maquinalmente a su cuarto, acostóse en el sofá, sin quitarse el uniforme, y... murió”. Esa última palabra, ese “y murió”, está mal traducido. La palabra usada, no recuerdo exactamente cuál era, se traduce como “y…estiró la pata”. Sólo una palabra cambia por completo el sentido del final. El “y…murió” tiene un aire de solemnidad, en cambio “y…estiró la pata” mantiene el hilo cómico del relato. ¿Cuántos detalles así se nos pasarán por no conocer ruso?
Mi encuentro con Gogol, ese sí fue reciente. Lo conocí por su obra La nariz, durante una clase de literatura rusa. La obra literaria de Gogol muestra el debate entre las tendencias prooccidental y eslavófila en la cultura rusa. Los reformistas liberales rusos interpretaron en un principio las historias de Gogol como sátiras de los aspectos negativos de la sociedad rusa. Sin embargo, al final de su vida, estos mismos reformistas lo veían como una figura reaccionaria y patética, perdida en el fanatismo religioso.
Aunque está fuera de toda duda que en Almas Muertas se refleja un ansia de reformar Rusia, no queda claro si las reformas sugeridas habrían de ser de tipo político o moral. La primera parte del libro muestra los errores cometidos por el protagonista, mientras que en la segunda, más confusa, se muestran las enmiendas a esos errores.
         El deseo de Gogol de una reforma moral de Rusia se hizo al final de su vida mucho más radical y conservador, como se ve en el fanatismo que impregna en algunas de sus cartas publicadas. Esta radicalización de su pensamiento lo llevó a la decisión de quemar el borrador de la segunda parte de Almas Muertas, a la vez que su salud empeoraba rápidamente. Gogol sigue la tradición literaria de E.T.A. Hoffmann, con un uso frecuente de lo fantástico. Además, las obras de Gogol muestran un excelente sentido del humor. Esta mezcla de humor con realismo social, elementos fantásticos, y formas de prosa no convencionales son la clave de su popularidad. Gogol escribió en una época de censura política. Su uso de elementos fantásticos es, como en las fábulas de Esopo, una manera de burlar al censor. Algunos de los mejores escritores soviéticos también recurrieron a la fantasía por razones similares.
Turgueniev y yo tenemos una historia desafortunada: Nuestro primer encuentro fue cuando yo tenía unos quince años. Mi papá me llegó con un librito pequeño, con unas ilustraciones terribles. Era Aguas Primaverales. Leí las primeras dos páginas y lo aborrecí –Turgueniev no es para leerlo a los quince-. Esta ocasión, le di una segunda oportunidad: Empecé a leer Diarios de un cazador y Primer amor. En comparación con la obra de Gogol o de Chéjov, que contienen alto sentido social, sin dejar de perder lo literario, la obra de Turgueniev, al menos en el caso de Diarios de un cazador, me hizo retornar a esos quince años, a ese rechazo natural hacia ciertas formas de literatura: El Turgueniev de Diarios de un cazador me pareció tan aburrido e hiperrealista como el Turgueniev que había conocido hace siete u ocho años. Sin embargo, esta noción cambió al leer Primer amor, cuando me enamoré junto a Vladimir Petrovich de la nueva vecina que se había mudado al lado de su finca.
La literatura rusa, en general, tiene una importantísima carga de conciencia social, crítica política, y, en la época de finales de siglo XIX, principios del siglo XX, se encontraba en la búsqueda de su propio lenguaje, que no fuesen versiones eslavas de Flaubert o Hoffmann, de los romanticistas y naturalistas alemanes y franceses. A partir de ese momento, la literatura rusa abre su ventana y se da cuenta de que se encontraba construyendo su propio camino, una literatura propiamente rusa. Obras clave como La guerra y la paz o La gaviota son indiscutiblemente rusas y, al mismo tiempo, su universalidad sale como grito que se escucha en una pradera despejada.
La ventana está allí, abierta, para que el mundo siga escuchando la melodía que sale de la ventana. Para que que esté adentro siga viendo el humor cambiante de la tierra. Pero hay que seguir en eso, seguir como los rusos, mirar fuera de la ventana. Dejar que el mundo escuche nuestra canción. Con esto, lo que queda es un hasta luego, querida, hasta luego. *


Esto fue un comentario escrito para la última materia que vi en la universidad, llamada "Literatura Rusa". Decidí ponerlo porque tiene más un tono de ensayo libre que cosa rígida académica.

1 comentario:

Gori Vatra dijo...

Disfruté mucho esta lectura, y me quedé con la curiosidad de saber cómo fue tu encuentro con Dostoievski.